La tarde soleada y con temperatura agradable de los finales de la década de los ‘60, estimulaban aún más, las ganas habituales cuando se trataba de estar presente en un nuevo clásico, enfrentando a los muchachos de la bandera sueca.
Un Monumental repleto con las bandejas altas mostrando una multitud parada, – solamente te podías sentar en los acalorados escalones de cemento en el entretiempo – no se imaginaba que vivirían un hecho que esas miles de retinas de los que aún andan por estos planos de la vida, recuerdan de forma imborrable.
Ellos tenían un jugador peruano que jugaba de central y que por momentos deleitaba a propios y extraños con su prestancia para salir jugando desde el fondo. A esta cualidad natural, le sumaba, su agilidad y rapidez para la marca que lo transformaba prácticamente en una muralla, para todos aquellos que osaran encararlo.
La grandeza no siempre trae de la mano a la humildad, pero esta muchas veces se transforma en reconocimiento ante la destreza y capacidad del otro.
Esa tarde ese muchacho de color deslumbró, costaba digerir que se animara a tanto en nuestro verde césped, pero sí y estaba a la vista.
Por aquel entonces los millonarios también tenían a los distintos y pensantes, uno de ellos era Ermindo Onega. Fue en una de esas gambetas en velocidad lanzado hacia el área rival que lo encontró de frente a Julio Meléndez y este se vio obligado a derribarlo con crudeza “al ronco”, la expulsión fue inexorable. Lo acompañaron hasta la boca del túnel el propio Ermindo y del otro lado el Pinino Más. Fue en ese momento que el aplauso generalizado partió de los cuatro costados, el reconocimiento por aquella espectacular actuación del moreno no tuvo camisetas, ¡merecido!
El tiempo me dio la oportunidad de recordar con ellos aquella tarde, Meléndez se llevó en sus oídos la más maravillosa música del pueblo riverplatense y Onega sin imaginarse que la Ruta 9 casi llegando a Lima le tendería su trampa mortal, antes me había dejado la frase “cuando uno es bueno de verdad, el reconocimiento no tiene colores”, gracias “Ronco” por aquella sinceridad.
Osvaldo “Beto” Menéndez