River al Mundo

El sueño no alcanzado

En Paraguay y Gallo comencé a transitar mis tiempos de adolescente, para algunos  era barrio de Palermo, para otros los primeros metros de Recoleta pero bien podría haber sido el barrio del Hospital de Niños. No obstante, mis amigos, la mayoría hijos de puesteros del Mercado de Abasto, parecían agregarle otra identidad a la zona cuando camiones de gran porte aún vacíos de cajones, pasaban a buscar a los “ricos” dueños de muchas frutas y verduras.

Siendo ya un muchacho  y caminando una mañana rumbo a la calle Soler, lo vi que estaba por cruzar seguramente rumbo a su casa y enseguida, se me vino a la memoria cuando mi madre Gladys, a quien yo acompañaba siendo adolescente y cursando mi secundaria seguramente a realizar alguna compra, me señaló a ese mismo hombre regordete pero mucho más joven, diciéndome:  “Ese señor es un virtuoso que lo llaman el bandoneón mayor de  Buenos aires, el mundo del tango lo admira, y llena de gente todos los lugares en donde se presenta con su orquesta, le dicen “Pichuco”, se llama Aníbal Troilo y es fanático de River”.

Me acerqué, me impuse un tono de respeto y lo llamé, “Pichuco” se dio vuelta. –Me gustaría hablar unas palabras con usted- siguió caminando con la cabeza gacha como meditando mi deseo.

Llegamos a Soler 3280 entre Gallo y Agüero, llegó la demorada respuesta: -Si me espera unos minutos, ¡y se anima a un cafecito intercambiamos esas palabras que me pide- Me sorprendió!

“La banda la tengo adentro, hace 48 años que soy socio de River Plate, socio vitalicio por supuesto, y he visto jugar a todas estas lumbreras de La Máquina, me he solazado, he gozado profundamente con lo que hacían ellos y hoy estoy atravesando esa constante desilusión que pasen los campeonatos y no podamos dar la vuelta”.

-¿Fue amigo de algunos de aquellos grandes jugadores?-

– Siempre estuve acompañando a mis ídolos y también al club de mis amores en las buenas y en las malas, pero también siempre tuve una compensación por parte de los genios del balón – hizo una pequeña pausa, para afirmar, ellos también resultaron ser hinchas de mis actuaciones y venían a verme, incluso siempre me invitaban a que vaya al vestuario antes de cada partido. Muchas veces me he preguntado ¿Quién era hincha de quién?-  esbozó una sonrisa con tintes de picardía mientras sorbía lentamente su café, al cual lo había considerado que estaba muy caliente y se lo hizo saber al antiguo mozo del viejo bar al cual con el tiempo se lo llevó por delante la construcción de un edificio dejándolo en el recuerdo de los vecinos de años, justamente en la esquina de Gallo y Paraguay.

-Me llama la atención que siendo usted tan famoso camine tranquilamente por las calles del barrio-

-Fuera del mundo del tango soy un vecino más, me saludan todos, pero son respetuosos de mi vida personal-

-¿Usted alguna vez se fue del barrio, porque se dice eso?-

– Si, alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio, pero yo me pregunté y lo tuve que aclarar varias veces,
¿Cuándo me fui, pero cuando, si siempre estoy llegando?

Maestro ¿En ese equipo de estrellas que para los hinchas veteranos de River Plate ha sido el mejor de todos, de quien se sentía usted más amigo?

-Mire muchacho, en verdad siempre estuve en sintonía con todos y ellos me lo demostraban, si usted me espera unos minutos voy a casa y traigo una hoja con unas líneas inolvidables escritas a mano y se la muestro, usted me cae bien-

Mientras buscaba la puerta de calle, giró y con sorpresa escuché que le dijo al mozo: “Carlitos, marche otro cafecito para el joven, enseguida vuelvo” y salió.

Carlitos obviamente me conocía, hacía años que trabajaba en el antiguo bar, lugar que frecuentábamos con los muchachos del barrio para charlar.

Cuando Troilo regresó, traía un viejo cuaderno en una de sus manos, se sentó y me mostró esa hoja de la que se sentía orgulloso. Cuando la leí, no sólo me impactó, sino que me tomé el atrevimiento de pedirle si la podía copiar. Me acercó el cuaderno, le hizo una seña a Carlitos para que se aproximara y con suavidad le sacó la birome que llevaba en el bolsillo superior de su chaqueta blanca y me la ofreció.

Estimado gordo:
Lamento muchísimo no poder estar contigo en el día de tu cumpleaños. Sabés bien como me hubiera gustado felicitarte personalmente, pero, desgraciadamente, un pequeño problema físico me impide estar con mi preciado amigo. A pesar de no vernos con frecuencia, tanto vos como yo, nos tenemos espiritualmente presentes en todo momento. Gordo, que sean muchos, pero muchos años más. Sabés que te lo deseo con el de la zurda. Un abrazo muy fuerte, muchas felicidades.
Adolfo.

Cómo no se iba a sentir orgulloso con esas palabras del gran Adolfo Pedernera.

-Es más, hasta les compuse con el amigo Cadícamo un tango que me enteré lo ponen siempre en el vestuario, “Pa’ que bailen los muchachos”- agregó con orgullo

-¿Ahora se da cuenta porqué sufro tanto que pasen los años y que River no salga campeón?-, para agregar con cierta resignación  -espero estar vivo para volver a disfrutar-

Fuimos caminando hasta esa casa a la siempre regresaba, Soler 3280, estaba hecho, le agradecí infinitamente ese encuentro que me había regalado para toda mi vida.

“Buenos Aires, aguantame un cacho más”. Con esa frase casi premonitoria, Anibal Troilo cerraba su actuación en el Teatro Odeón. Al día siguiente, 18 de mayo de 1975, debido a una descompensación provocada por un derrame cerebral y sucesivos paros cardíacos, fallecía en el Hospital Italiano el considerado por la historia tanguera como el “Bandoneón mayor de Buenos Aires”.

El destino de su amado River Plate lo llevó a salir campeón y romper con los fatídicos 18 años,  casi tres meses después. Fue ese 14 de agosto del 75 en cancha de Vélez contra Argentinos Juniors  en un partido en donde ambos equipos jugaron con muchachos de las divisiones inferiores debido a una huelga de protesta de los jugadores profesionales.

River se impuso por 1a 0 con gol de Rubén Pablo Bruno de 18 años a los 22’ del segundo tiempo, rompiendo la famosa sequía que venía desde el año 1957.

Ni Buenos Aires lo esperó, ni llegó con vida a esa fecha histórica que tan triste y ansioso lo tenía.

Su mismo tango “Responso” aquel que había compuesto cuando falleció su gran amigo Homero Manzi, lo acunó con esa alegría que seguramente habrá tenido desde el cielo.

Osvaldo “Beto” Menéndez.

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