Néstor Raúl Rossi, para muchos veteranos vivos y también hoy ausentes, fue un gran mediocampista central, un cinco de aquellos al que también le decían Pipo.
Corría el año 2006, trotar y caminar era una de mis debilidades. Los bosques de Palermo en una mañana brillante de sol era una atracción ineludible, dejé el auto cerca de Excursionistas y decidí llegarme hasta River para deleitarme con un rico y caliente café con leche en la confitería del club. Era una mañana fresca y recuerdo que en el monumento a los Caídos de la Policía Federal, ese día se rendía homenaje a los mismos.
Nestor Raúl Rossi, una gloria de River.
Casi llegando a lo que en aquel entonces era el edificio de Obras Sanitarias, hoy la Universidad Di Tella, observé un hombre alto y algo encorvado que se acercaba caminando lentamente aprovechando el sol que daba de pleno a ese sector y que me pareció conocido. Unos metros más cerca y mis ojos lo ratificaron, lo conocía. Sin haberlo visto jugar, sabía de sus incursiones en el primer equipo de River Plate en épocas doradas, era Néstor Raúl Rossi, para muchos veteranos vivos y también hoy ausentes, fue un gran mediocampista central, un cinco de aquellos al que también le decían Pipo.
Cuando lo tuve a pocos metros, su figura entrada en años, después me confesó 80, aproveché ese andar cansino y me le acerqué con un respetuoso tono de voz nombrándolo, “Néstor”. Levantó su vista que venía observando las baldosas y con un tono ronco en donde sus cuerdas vocales también demostraban el paso del tiempo y preguntó: -¿Usted me conoce? porque yo a usted no!- y volvió a mirar para abajo.
Mi cabeza se transformó en una ruleta con dos bolas, la que quería el café con leche calentito, seguir de largo, ya estaba cerca del club y la otra, intentar seguir dialogando con una gloria de la banda roja, el croupier me cantó esta última.
Me puse a la par de él y traté de “suavizar” el encuentro. – ¡Está lindo el solcito! – me animé a decirle. Se paró en su andar, giró lentamente su cabeza y con picardía pero seriamente me contestó con una pregunta inquisidora: – ¿Usted es mi dama de compañía? – mi respeto seguía intacto pero sentí que tranquilamente me podía reir.
-Pipo si lo molesto me voy y lo dejo caminar solo-
Volvió a caminar y ya sin mirarme respondió – Entonces usted me conoce- lo tomé como un convite para acompañarlo
-Maestro soy periodista y este encuentro lo disfruto, no lo quiero desaprovechar, charlar con una gloria del fútbol argentino siempre es bueno-
-Usted es muy joven no me vio jugar, gracias por lo de gloria, fui simplemente un tipo que dejaba todo en la cancha y quería que los demás hicieran lo mismo-
El diálogo estaba encaminado, el café con leche comenzaba a quedar atrás.
Recorrido unos cien metros después del imponente edificio, había unos bancos de cemento,-que hoy ya no están- al borde del entonces camino de pedregullo mezclado con césped, lo invité a sentarnos y para mi alegría lo hizo con movimientos lentos.
-Pipo usted jugó con grandes jugadores al lado- Tenía claro por haber leído, que había contemporizado con jugadores como Labruna, Félix Loustau, Walter Gómez entre otros.
-Debuté en River en 1945, entre con 20 años por el “colorado” Giúdice, contra Racing en cancha de ellos y ganamos 2 a 0-
– ¿Cómo fue que llego a River?
Recuerdo, en los pliegues rugosos de su rostro una sonrisa abierta y franca, sin duda ya estábamos en ese encuentro casual en confianza y me conto: «Terminó el año 1940 y yo no sabía qué iba a pasar conmigo. Los de Platense me decían que me compraban, yo estaba en sus inferiores. Me enteré que Boca y River también me querían. Un día vino a verme Carlos Peucelle, quería hablar conmigo y me llevó a su casa. Él era director técnico de las inferiores de River. Su familia me atendió muy bien y me quedé a dormir, era en Adrogué. Al otro día don Carlos me lo contó todo: «Pibe, hoy firmas para River», me dijo. Y agregó: «¿Sabés qué pasa? Que la gente de Acassuso es muy amiga de los de Boca y te estuvieron buscando para que firmes con ellos. Ahora que nos escondimos vamos para River y te quedas ahí, eran otras épocas.
-Hermosa anécdota Maestro gracias por recordarla-
– ¿Qué sintió por aquel entonces integrar con el tiempo el famoso equipo La Máquina?-
– Que el único que corría y ponía todo era yo- definitivamente se había relajado con este extraño que lo había sacado abruptamente de su mundo de caminata bajo el sol.
-¡Cuantos apellidos importantes! tenía ese equipo-
-¿Le parece?- y mirando para arriba parecía escarbar en sus recuerdos-
– Mi memoria a veces me hace algunas gambetas, pero no puedo olvidarme de Labruna, Pedernera, Loustau, Muñoz, Carrizo, Di Stéfano, entre otros. También jugué con otro grande como Sívori y con él me divertí mucho, siempre lo jodía-
-¡No me diga! cuénteme por favor-
-Se nota que usted es periodista, sigue preguntando- su gesto de poner las palmas de las manos para arriba lo decía todo.
-En el sudamericano del 57 en Perú, en donde salimos campeones con la selección, Sívori junto con Angelillo y Maschio armaron una ofensiva muy buena, pero el cabezón como lo llamaba, corría poco, le sobraba con su calidad, fue elegido el mejor jugador del campeonato. Cuando jugamos contra Colombia lo veía parado y de caliente le grité “cabezón correlo al negro” y el petiso me carga y me dice “pero si son todos negros” ahí nomás me saque me le acerqué y le dije al oído “entonces correlos a todos la puta madre”. Se paró con visible lentitud en sus articulaciones mientras me miraba con picardía y sonreía nuevamente.
El regreso ya lo había decidido, sin decirle nada fui caminando a su lado, no lo había visto jugar pero sabía de su enorme presencia en la mitad de la cancha de River, Huracán y Millonarios de Colombia.
Casi llegando a Lidoro Quinteros rompió el silencio: – Espero haya quedado conforme con las respuestas- me estiró su mano mientras su vista parecía disfrutar del Monumental.
-¿Lo acompaño?-
-Gracias vivo cerca-, y dobló por la Avenida.
Me quedé mirándolo un rato, fue una mañana de sol distinta, recordé que el croupier había tirado dos bolas, fui a cobrar la otra, crucé a tomar el café con leche calentito, casi como almuerzo.
Al año siguiente los titulares de las noticias deportivas resaltaron que Néstor “Pipo” Rossi había fallecido.
Osvaldo “Beto” Menéndez
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