Allá por el 95’ en las entrevistas denominadas “Famosos en ojotas” que realizaba para Radio Mitre, la idea era que los personajes se sintieran cómodos para una charla intimista y para eso, nada mejor que visitarlos en su propio hábitat y hacia allá viajábamos con el operador en el móvil y charlar con ellos al aire.
Cuando llegamos a la vieja y amplia casona en Villa Devoto, fue el propio dueño quien nos abrió la puerta de su hogar, allí parado estaba con sus impactantes 1,88 de altura y manteniendo esa “pinta” que atrapaba a propios y ajenos, Amadeo Raúl Carrizo.
– “Cuidado con caerse”- nos dijo mientras caminábamos por distintos escalones que nos mostraban desniveles hasta llegar al lugar elegido por él, para la entrevista.
El dialogo fue fluyendo hasta llegar a uno de los puntos específicos que, como conductor del espacio, quería tocar y que en su momento y con el paso del tiempo, se convirtió en una de las picardías más famosas y recordadas del fútbol argentino, sobre todo para el hincha “veterano”.
El 23 de junio de 1968 se enfrentaron River Plate y Boca Juniors en un Monumental con 90 mil personas – en las populares los aficionados todos parados – que colmaron en su totalidad los espacios del estadio, el resultado final 0 a 0.
–Amadeo, esa tarde le robaron la gorra, que nos puede decir…
La risa le afloró con facilidad al recordar el hecho para contar: -El pibe Rojitas vino de atrás y la manoteó de mi cabeza antes de comenzar el partido, si mal no recuerdo fue después que nos sacamos la foto. Con el tiempo me enteré de que lo habían planeado entre varios de los jugadores de ellos y lo mandaron a él, por ser uno de los más jóvenes y la verdad que me sorprendió. Salió corriendo por la pista de atletismo por donde la tiró. Creo que ahí se terminó de ganar la idolatría de su hinchada, más allá que era un crack jugando- detalló el Maestro para agregar, -Ángel Clemente Rojas venía demostrando que era un gran jugador y un distinto, ellos creían que a mi sin la gorra me debilitarían como arquero, mi talento estaba en otros lados, en la rapidez de pensamiento, en mi velocidad de piernas para dominar el área, en descolgar centros sin perder el equilibrio, en tratar de no darle ventajas con rebotes al contrario – y volvió a sonreír.
La historia de ese famoso partido tenía guardada un hecho que con el tiempo sería recordado como sobresaliente.
El ídolo que había nacido en Rufino, provincia de Santa Fe, que por ese entonces tenía 42 años y que, con su imagen de galán sobresaliente, domingo a domingo hacía suspirar y gritar casi histéricamente a la siempre colmada tribuna destinada al público femenino. El mismo público que adorándolo le había puesto el apodo de “Tarzán”.
–Maestro, ¿cómo se le ocurrió esa tremenda picardía para sorprenderlo a Norberto Madurga – volante de gran habilidad del equipo visitante- quien le había ganado en velocidad a una defensa que había regalado espacios y se iba solo a enfrentarlo a usted cuando faltaban 10 minutos?
-Esas cosas salen espontáneamente, cuando lo vi venir para encararme, detrás corría el árbitro Miguel Comesaña, salí hasta casi el borde del área grande, levante mi mano lo señalé al juez y le grité “estas en orsai pibe” y Norberto me la dio mansita mientras se le iba al humo a Comesaña que le hacía gestos que él, no había pitado nada y me senté en el césped con la pelota en mis manos-. Me guiño el ojo.
– ¿Que pensó en ese momento cuando estaba sentado?
-En nada, escuchaba la multitud riverplatense que gritaba y coreaba mi nombre y señalaban con sus brazos a la cabecera de espalda a Figueroa Alcorta en donde estaban los hinchas de ellos.
-Amadeo, esa jornada también ha perdurado en la memoria del mundo futbolístico por lo que en esa tarde ocurrió – El inmenso arquero se incorporó en su sillón, entrecruzó sus dedos, miró en silencio al piso y con sumo respeto se persignó.
Estuve esa tarde en el estadio, muchas imágenes se vinieron a mi mente, la angustia me invadió por horas, mi padre Héctor era hincha bostero, así le gustaba que lo llamara y fue uno de los miles que ocuparon esa cabecera. Salvó posiblemente su vida, porque esa sana o maldita costumbre, que muchas veces nos llevó a discutir de irse entre 10 y 15 minutos antes que terminara el partido. El motivo, agarrar el colectivo vacío. Ese milagro de su costumbre hizo que saliera sin problemas por la Puerta 12. No vio la avivada de Carrizo y la ingenuidad de Madurga. Solo terminó la angustia y la incertidumbre de mi padre y la mía, cuando llegué a casa, mi alma joven de periodista ya parecía encaminarse en mi vida, demoré horas en regresar para no perder ningún detalle. El abrazo al llegar nos llenó de amor. Yo también me persigno con respeto.
Osvaldo “Beto” Menéndez