La rebelión de River expone una crisis mucho más profunda: un fútbol argentino con reglas cambiantes, poder concentrado y una conducción que necesita profesionalizarse e institucionalizarse antes de que el deterioro sea irreversible.
Hay una pregunta que el fútbol argentino ya no puede seguir esquivando: ¿quién controla a quienes controlan el fútbol?
La situación planteada entre River y la conducción de la AFA dejó de ser una cuestión de dirigentes. Detrás de la decisión de Stefano Di Carlo de retirar a River del Comité Ejecutivo hay algo mucho más profundo: el rechazo a una forma de ejercer el poder que parece haber convertido al fútbol argentino en un territorio donde las reglas pueden cambiar, los formatos se multiplican y las decisiones aparecen muchas veces después de que los hechos ya ocurrieron.
River decidió no participar de las reuniones del Comité Ejecutivo porque considera que no existen mecanismos suficientemente claros y previsibles para tomar decisiones. Y esa posición merece ser discutida, pero no descalificada. Porque en una institución seria, pedir reglas, procedimientos, previsibilidad y transparencia no debería ser un acto de rebeldía. Debería ser lo normal.
El problema es que el fútbol argentino perdió justamente eso: normalidad.
Tenemos una Primera División de 30 equipos, un número extraordinario para una liga que pretende competir comercialmente con las principales del mundo.
Mientras tanto, el mundo mira otra cosa.
Las grandes ligas venden previsibilidad, espectáculo, estrellas, estadios llenos y un producto televisivo comprensible para cualquiera. Argentina tiene talento de sobra, pero está construyendo un campeonato cada vez menos atractivo y más difícil de explicar.
Y eso tiene una consecuencia económica enorme: si el fútbol argentino no puede ofrecer un producto ordenado, atractivo y previsible, pierde valor internacional, pierde capacidad para vender derechos, pierde sponsors y pierde ingresos.
Es una paradoja extraordinaria. Argentina produce jugadores que valen millones de dólares, tiene una selección campeona del Mundo en 2022 y sub campeona del mundo hace unos meses, tiene a Messi y es – además una de las marcas deportivas más importantes del planeta y tiene clubes con una historia y una pasión que no tienen comparación.
Y en el centro de ese modelo está Claudio “Chiqui” Tapia, que conduce la AFA desde 2017 y construyó durante estos años un poder político enorme dentro del fútbol argentino. Su respuesta pública al planteo de River fue, incluso, una ironía: cuando le preguntaron si otros clubes podían acompañar la postura de River, respondió: “Ah, ¿son más?”
Quizás esa frase explique más que cualquier comunicado.
Porque una conducción fuerte no debería medir su fortaleza por la cantidad de dirigentes que consigue alinear, sino por la calidad de las instituciones que deja funcionando cuando termina su mandato.
Y aquí aparece otro dato imposible de ignorar: Tapia y Pablo Toviggino atraviesan investigaciones judiciales de enorme gravedad. No hay que confundir una investigación o un procesamiento con una condena, pero tampoco corresponde ignorarlos cuando se analiza el contexto institucional de quienes conducen el fútbol argentino.
Pablo Toviggino y Claudio Chiqui Tapia
El problema, entonces, no es solamente Tapia. Es el sistema de poder que se construyó alrededor de Tapia.
Un sistema en el que disentir puede transformarse en enfrentamiento. En el que algunos clubes sienten que deben medir las consecuencias de sus decisiones políticas. En el que aparecen polémicas arbitrales, banderas contra dirigentes, insultos en las tribunas y un clima de creciente desconfianza.
Hay una demanda inmediata: el fútbol argentino necesita discutir su modelo de conducción antes de que el deterioro sea irreversible.
No alcanza con una Selección exitosa, que consigue sponsors y funciona como una extraordinaria marca mundial. La AFA no puede vivir de las glorias de la Selección mientras empobrece el campeonato que alimenta esa misma Selección.
Argentina necesita menos improvisación y más reglas. Menos soberbia dirigencial y más escucha.
El fútbol argentino no necesita solamente cambiar sus torneos. Necesita cambiar la manera en que se conduce. Necesita dirigentes profesionales, instituciones fuertes, reglas claras y reglamentos que se conozcan antes de empezar a jugar y que no puedan modificarse a piacere según las necesidades políticas del momento. Necesita organismos que controlen, decisiones que puedan ser discutidas y autoridades que entiendan que conducir no es mandar.
River decidió marcar un límite, decidió defender la institucionalidad y no hacer política contra el fútbol; es hacer política para que el fútbol vuelva a tener instituciones.
El desafío que viene es mucho más grande que una pelea entre River y Tapia. Es decidir si el fútbol argentino quiere seguir administrándose como un territorio de poder personal o si está dispuesto, finalmente, a convertirse en una verdadera industria deportiva profesional, transparente, previsible y moderna.
Orlando Di Pino
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