River al Mundo

Un Ángel se posó en River

A medida que fui creciendo, los mayores que me rodeaban hablaban de una tal Máquina y mis pensamientos rápidamente me trasladaron a estar sentado con una gorra al mando del tren del ferrocarril. Los apellidos se esparcían en los recuerdos de esos hombres, como mariposas de finos colores, que aleteando se convertían, en goles, en pases en profundidad y en campeonatos que los enfervorizaban.

Fue cuando uno de ellos dijo: ¡qué goleador! “el feo”, ahí mi intrascendencia en las charlas quedó de lado para darme cuenta y expresarlo – eso significa que no hay que ser lindo para jugar bien-. A partir de ahí, mi relación con él comenzó a tomar cuerpo.

Ya en condición de periodista recibido y ejerciendo la profesión, le hablé por primera vez cuando la institución había decidido incorporar a Mario Alberto Kempes. Ángel Amadeo Labruna había dejado de ser un nombre y un apodo en la charla de los demás, para convertirse en un ser de carne y hueso, que encima hablaba y me contestaba.

La relación fue normal pero tenía vida, y voz, “el feo” y en otros casos “el ronco” siempre me contestaba, las distancias se fueron achicando en cada encuentro en el Monumental y casi se alinearon cuando llegué a cebarle mate en el viejo e incómodo vestuario de los “bichos de la Paternal” el periodismo me había abierto las puertas de su confianza.

Aún recuerdo que la tarde que decidió partir en los brazos de casualidad del “Dibu” de esa época, Ubaldo Fillol de un paro cardíaco y que a la noche lo despedirían en el gimnasio del estadio que fuese a donde fuese nunca pudo olvidar, corrí para ser uno de los primeros en llegar y mi mente se transformó en un desfibrilador divino, quería hacerle unas preguntas.

-Siempre dijeron que usted Ángel no fue un gran técnico pero si el que mejor sabía elegir los jugadores que quería-

Desde su incómoda postura sacó como un gran lateral, su rotunda respuesta: “Cuando le di la gran alegría a usted y a muchos más después de 18 años de vagabundear tristes, pedí apellidos que ya supieran de campeonatos así no entraban en la angustia y la ansiedad de los demás y lo conseguimos”

– El oráculo me dijo que irremediablemente nos iremos al descenso-

Intentó sacar su manos debajo de la blanca mortaja pero no pudo, sin embargo parafraseo: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir como lo hago yo y al fin andar con no sin pensamientos, a cada chancho le llega su Bernabeu, quédese tranquilo en su puesto, y observe toda la luz que vendrá y disfrútela”

Cada vez que paso y miro su estatua, siento que en esa guiñada de ojo me pide otro mate. 

Osvaldo “Beto” Menéndez

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