Hay una frase tan repetida que ya parece haber perdido sentido: toda crisis encierra una oportunidad. Es cierto que el concepto oriental de "crisis" suele citarse hasta el cansancio —muchas veces de manera imprecisa— para transmitir esa idea. Pero también es cierto que ninguna oportunidad aparece por arte de magia. Antes hay que reconocer la crisis. Mirarla de frente. Nombrarla. Y actuar.
River está atravesando una de las crisis deportivas más profundas de las últimas décadas. Cinco derrotas consecutivas en partidos oficiales, un equipo sin funcionamiento, futbolistas que no encuentran respuestas, un cuerpo técnico cuestionado y una dirigencia que, a menos de diez meses meses después de asumir, ya escucha cómo una parte importante de los socios pierde la paciencia.
Negarlo sería un error. Minimizarlo, también.
Las imágenes del Monumental fueron elocuentes. Los cánticos alcanzaron a todos: dirigentes, jugadores y cuerpo técnico. Incluso apareció el pedido por Ramón Díaz, un nombre que sintetiza la nostalgia de tiempos mejores y la necesidad de aferrarse a una referencia conocida cuando el presente se vuelve incierto.
Preocupación de los jugadores tras el gol de Rosario Central.
Pero las crisis nunca tienen una sola causa.
El regreso de un Gallardo desconocido, compras caras y sin rendimiento, salarios europeos para el futbol sudamericano, la profunda renovación del plantel, la decisión de apartar a numerosos futbolistas en tiempo y forma como mínimo inadecuada, la llegada de incorporaciones que todavía no lograron consolidarse y un equipo que aún no encuentra identidad forman parte de un proceso que, hasta ahora, está dando resultados deportivos casi catastróficos.
A eso se suma un clima mediático y en redes que muchas veces privilegia el impacto antes que el análisis. Los récords negativos venden titulares, las opiniones agresivas suman likes y todo conspira contra la calma necesaria para pensar y actuar.
Que River atraviese una racha que no sufría desde hace más de un siglo es un dato estadístico contundente, pero convertir ese dato en una sentencia definitiva sólo alimenta la ansiedad y la desesperación.
Nada de eso significa que las críticas sean injustas. Todo lo contrario. En River la exigencia siempre fue proporcional a su historia. Un club que construyó su prestigio ganando, jugando bien y compitiendo en los niveles más altos no puede naturalizar perder una final hace dos meses, rifar oportunidades para ingresar a la Libertadores 2027, soportar cinco derrotas consecutivas ni aceptar resignadamente un funcionamiento tan pobre.
Longoria, Coudet, Franchescoli y Di Carlo afrontan la crisis deportiva.
Sin embargo, tampoco sería inteligente concluir que todo lo hecho en estos meses carece de valor.
La institución sigue avanzando en un proceso de transformación que pocos clubes del continente pueden exhibir. Las obras en el Monumental, el proyecto de techado, la modernización de la infraestructura y el crecimiento patrimonial colocan a River en una posición de liderazgo indiscutible en el fútbol argentino y regional.
Pero esa fortaleza institucional no reemplaza al fútbol.
River puede tener el estadio más moderno, las mejores instalaciones y una economía ordenada, sin embargo si el equipo no representa la identidad futbolística que su gente espera, el descontento es y será inevitable.
Por eso llegó el momento de las decisiones.
Las crisis exigen medidas paliativas para detener el deterioro, pero también decisiones estratégicas para reconstruir el futuro. Tal vez sea necesario revisar funciones, modificar responsabilidades, redefinir liderazgos e incluso cambiar nombres. Eso deberá evaluarlo la conducción del club con serenidad y sin dejarse llevar por la desesperación del momento.
jugadores de River apartados de la actual campaña del equipo titular
Lo que no puede hacer River es quedar paralizado entre quienes sostienen que no pasa nada y quienes creen que todo debe volar por los aires.
Las grandes instituciones se distinguen precisamente en los momentos difíciles. No porque nunca se equivoquen, sino porque saben corregir a tiempo.
Hoy River está frente a ese desafío. La crisis existe. Es profunda. Duele. Genera preocupación. Pero todavía puede convertirse en el punto de partida de una reconstrucción.
La condición indispensable es no confundir paciencia con inmovilidad ni urgencia con improvisación.
Porque las derrotas pasarán. Lo que definirá el futuro del club será la calidad de las decisiones que se tomen mientras la tormenta todavía está descargando.
Coudet se retira en soledad del Estadio de River.
La preocupación es legítima. El enojo también. Incluso la decepción de una parte importante de los socios. Nadie puede pedir calma cuando River acumula derrotas, pierde su identidad futbolística y transmite una imagen de desconcierto. Pero si hay una idea que esta conducción —continuadora de más de una década de gestión institucional— eligió como bandera es la de la Filosofía River. Hoy ese concepto deja de ser un lema de campaña para convertirse en una obligación. La Filosofía River no consiste en esperar que pase la tormenta, sino en asumir la realidad con rapidez, corregir los errores con firmeza y tomar las decisiones que el momento reclama, por difíciles que sean. Porque cuando un barco impacta contra un iceberg, la peor decisión no es haber chocado: es quedarse inmóvil mientras el agua empieza a entrar. Las crisis no distinguen entre dirigentes, técnicos o jugadores; distinguen entre quienes reaccionan a tiempo y quienes llegan demasiado tarde.
Orlando Di Pino
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