River al Mundo

River necesita calma, no desesperación

River se retira derrotado frenta a Barracas Central

Ningún socio o hincha de River puede sentirse conforme con el presente. Los resultados duelen. La eliminación de la Copa Argentina significó perder una vía directa hacia la Copa Libertadores. Antes había quedado la amarga sensación de la final perdida ante Belgrano, que privó al equipo de un nuevo título local. Y el comienzo del campeonato tampoco ayudó: la derrota en el Monumental el sábado pasado frente a Barracas Central terminó de instalar un clima de preocupación que crece día tras día.

La crítica es lógica. En River siempre lo es. La historia del club no permite acostumbrarse a perder y la exigencia forma parte de su ADN. Pero una cosa es la exigencia y otra muy distinta es la desesperación.

Las redes sociales, que amplifican cualquier estado de ánimo, hoy parecen haberse convertido en un tribunal permanente. Cada partido parece definir el futuro de un entrenador, de una dirigencia o de un futbolista. Cada derrota genera pedidos de renuncias, cambios drásticos o volantazos que pocas veces terminan siendo la solución.

Es cierto que la dirigencia tomó decisiones fuertes. Separar a quince futbolistas del plantel profesional no fue una medida habitual ni simpática. Fue una determinación que responde a una planificación deportiva. Se puede discutir si llegó en el momento indicado o si la ejecución fue la mejor, pero difícilmente pueda sostenerse que fue una decisión improvisada.

El problema es que el fútbol no siempre acompaña los tiempos de la planificación. El mercado todavía no terminó de absorber a esos jugadores y eso obligó al cuerpo técnico a trabajar con un plantel en plena transformación. Al mismo tiempo, varios de los refuerzos llegaron sobre la marcha y algunos apenas pudieron debutar, sin el tiempo lógico de adaptación que requiere un club como River.

Pretender que un equipo completamente reestructurado funcione de memoria desde el primer día es desconocer cómo se construyen los procesos deportivos.

También es cierto que Coudet, quedó inmediatamente bajo la lupa. En River eso ocurre casi por naturaleza. Pero sería un error que un puñado de  malos resultados condicionen un proyecto que todavía ni siquiera tuvo tiempo para consolidarse.

La historia del fútbol argentino está llena de ejemplos de equipos que necesitaron varios meses para encontrar funcionamiento. También está llena de instituciones que, presionadas por la urgencia, cambiaron entrenadores una y otra vez sin resolver ninguno de sus problemas de fondo.

La dirigencia tomó una de las decisiones más profundas de los últimos años: iniciar una renovación importante del plantel. Apartar a quince futbolistas no fue una medida improvisada ni mucho menos simpática. Fue una decisión política y deportiva. Significó asumir un costo enorme en el presente para intentar construir un mejor futuro.

Chacho Coudet y Pablo Longoria

Chacho Coudet y Pablo Longoria

Toda transformación genera resistencia. Mucho más en un club donde la derrota nunca se procesa con paciencia.

Quienes hoy cuestionan esa determinación probablemente hubieran sido los mismos que, de mantenerse el plantel anterior, reclamarían la falta de renovación y la ausencia de decisiones de fondo.

Porque esa es la verdadera contradicción que muchas veces atraviesa al fútbol argentino: se exigen cambios profundos, pero se pretende que esos cambios no tengan ningún costo.

River está armando prácticamente un equipo nuevo, seguramente lo más fácil hubiera sido postergar las decisiones. Esperar seis meses más. Conservar un plantel que ya había dado señales de agotamiento. Evitar el desgaste político. La dirigencia eligió el camino más complejo. Y justamente por eso necesita tiempo para que esa decisión pueda ser evaluada con justicia.

Los grandes procesos del fútbol no nacieron de la desesperación. River mismo es un ejemplo de ello. Los ciclos más exitosos de su historia tuvieron momentos de cuestionamiento. Hubo derrotas dolorosas, eliminaciones inesperadas y etapas donde parecía que nada terminaba de acomodarse. La diferencia estuvo en que la conducción sostuvo un rumbo cuando el contexto invitaba a cambiarlo todo.

No existe proyecto serio que pueda evaluarse con euforias desmedidas, con desesperación y con urgencias, ni para aprobarlo, ni para condenarlo.

Eso no significa resignar la exigencia. River tiene una obligación permanente de competir y de ganar. Nadie discute eso. Pero precisamente por la magnitud del club también necesita pensar estratégicamente y no vivir únicamente pendiente del resultado del último fin de semana e incluso con lo que pueda pasar esta noche en La Plata.

Otamendi firmó con River

Stefano Di Carlo y Otamendi. El central es un refuerzo de categoría indiscutida.

La dirigencia deberá asumir la responsabilidad por los aciertos y los errores en el armado del plantel. El cuerpo técnico tendrá que encontrar rápidamente un funcionamiento que hoy todavía no aparece. Y los futbolistas deberán demostrar por qué fueron elegidos para vestir esta camiseta.

Todo eso es verdad. Pero también es verdad que romper un proyecto antes de que tenga oportunidad de desarrollarse suele ser una receta conocida. Y pocas veces funciona. No se trata de pedir un cheque en blanco para nadie. Se trata de entender que hay momentos en los que la mejor decisión no es cambiar todo, sino sostener aquello que se decidió con convicción y corregir lo que haya que corregir.

River no pueden gestionarse por el humor de X o Instagram y mucho menos por lo que dicen los opinólogos interesados que abundan en el mundo digital. Hoy las redes premian el enojo, la simplificación y el juicio inmediato; una dirigencia, en cambio, debe decidir con una perspectiva estratégica. Ese contraste entre la lógica del algoritmo y la lógica de la conducción por lo general lleva a caminos equivocados y sin retorno.

Me parece muy poco inteligente alimentar una crisis institucional cuando, en realidad, lo que atraviesa el club es una crisis deportiva que todavía está a tiempo de revertirse. La exigencia debe mantenerse intacta, pero es clave entender que la impaciencia y la desesperación nunca nos conducen por el sendero correcto.

Orlando Di Pino

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