River al Mundo

Di Carlo: primer año con sombras y luces.

Stefano Di Carlo

Stefano Di Carlo cumple hoy su primer año al frente de River en un escenario complejo. Fueron 365 días intensos, con pocas luces y muchas sombras.

Un año que tuvo y tiene al mundo River ansioso y expectante, transitando un estrecho camino entre la decepción y la esperanza, cada vez más robusta la primera y más débil la segunda.

Stefano Di Carlo llegó a la presidencia como continuidad de una etapa institucional encabezada por Rodolfo D’Onofrio y Jorge Brito, esa relación con sus antecesores, esa Filosofía Ríver, representó un capital, pero también una responsabilidad: sostener lo construido y completar objetivos pretensiosos.

Tenía por delante el desafío de darle un nuevo impulso a River, sostener el crecimiento institucional, internacionalizar la marca River y, sobre todo, construir un proyecto futbolístico capaz de estar a la altura de la historia y de los recursos del club.

En fútbol el balance es negativo.

El año futbolístico de River fue una sucesión de golpes deportivos, decisiones difíciles y cambios de rumbo.

Creer que las polémicas decisiones arbitrales justifican de manera plena el mal año futbolístico es un pensamiento tan lineal como equivacado.

El pésimo año comenzó con la salida de Marcelo Gallardo y la llegada de Eduardo Coudet, quien logró recuperar al equipo y llevarlo a la final del Torneo Apertura, pero terminó perdiendo el título ante Belgrano de Córdoba, después de haber estado dos veces en ventaja.

La renovación profunda del plantel, con nueve incorporaciones y numerosas salidas, era necesaria, pero resulto traumática, preocupantemente extensa, comunicada de manera cuestionable y – lo más grave- todavía no consiguió traducirse en un plantel equilibrado y mucho menos en un equipo competitivo y confiable.

La incorporación de Pablo Longoria como director deportivo buscó profesionalizar la estructura del fútbol. Sin embargo, su aporte concreto y los resultados de esa nueva organización permanece en un cono de sombra, incertidumbre y rodeada de un silencio que hace ruido.

En el segundo semestre llegó el derrumbe: quedó eliminado de la Copa Argentina (ante Aldosivi), se despidió de la Copa Sudamericana en octavos de final frente a Independiente Santa Fe, por penales, y la crisis precipitó la salida de Coudet, después de eso Leonardo Ponzio asumió interinamente, convirtiéndose en el tercer entrenador de un año. En el medio, River perdió los dos superclásicos frente a Boca: 0-1 en el Monumental y 0-1 en la Bombonera. La derrota de ayer terminó de profundizar una temporada para el olvido: quedó octavo en la tabla anual y obligado a ganar el Clausura para conseguir el pasaje al máximo torneo continental. Todavía hay competencia, margen para reaccionar y mucho por jugar.

La guerra con la AFA

A este panorama se suma el conflicto con Claudio Tapia y la conducción de la AFA. La relación está rota, complemente deteriorada y el arbitraje del Superclásico volvió a encender la polémica: las expulsiones de dos jugadores de River, las jugadas similares que no tuvieron el mismo criterio y las decisiones del VAR alimentaron la indignación de todo el mundo River.

Di Carlo expresó públicamente su malestar y cuestionó a quienes conducen el fútbol argentino. Más allá de las interpretaciones de cada jugada, el problema excede un partido: River siente que debe defender sus intereses en un escenario de creciente desconfianza. Es un conflicto abierto, cuyo desenlace todavía está por verse y que puede tener nuevas consecuencias.

Hasta ahora podemos concluir que en este momento no alcanza, ni sirve para nada, la guardia alta, las protestas constantes, las declaraciones en calientes de algunos y las metafóricas declaraciones de otros, tampoco alcanzó con retirarse del Comité Ejecutivo y volver al rato con propuestas para cambiar los torneos, y hasta ahora, no parece suficiente mostrarse con Verón en una foto amenazante que, todo indica, no le mueve un pelo al poder real. Los tuits picantes son efímeros, duran un ratito. Este es un enfrentamiento ético, conceptual, por poder y por plata, es una batalla terrenal que de pasaje bíblico no tiene nada. El Chiqui no es Goliat y nosotros no somos David.

Memoria y Balance

No todo, sin embargo, fue negativo. La gestión avanzó con un proyecto ambicioso para ampliar y techar el Monumental, buscó nuevas fuentes de ingresos y sostuvo una política de crecimiento institucional y comercial. River cuenta con una estructura sólida, una marca de enorme proyección y recursos que pocos clubes de la región pueden exhibir.

Di Carlo llegó a la Presidencia con un apoyo abrumador de los socios, nadie discute su habilidad para gestionar, es audaz, mostró capacidad para tomar decisiones difíciles, tiene una mirada innovadora y liderazgo, pero la continuidad institucional también implica hacerse cargo de los resultados. No alcanza con administrar una estructura fuerte si el equipo de futbol no consigue competir por los grandes objetivos.

Un año es poco tiempo para juzgar una presidencia, pero alcanza para identificar aciertos, errores y asignaturas pendientes. A Di Carlo todavía le quedan tres años de mandato y una oportunidad concreta para consolidar su proyecto.

El barco necesita enderezarse. Hay estructura, recursos y futuro. Lo que River necesita ahora es recuperar el rumbo futbolístico, volver a ser protagonista y demostrar que puede transformar su fortaleza institucional en resultados dentro de la cancha.

Que así sea.

Orlando Di Pino
03-11-2026.

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